A Narciso Ibáñez Serrador

chicho

La muerte de Narciso Ibáñez Serrador me ha dolido y ha disgustado, muy especialmente, al niño que fui y sigo siendo. Ya sabéis que jamás he renegado del Peter Pan que permanece dentro de mí. Externamente, no nos engañemos, ya queda poco de aquel imberbe de flequillo castaño claro que saltaba en los columpios de Teatinos (Oviedo). Uno de los primeros recuerdos que guarda ese chavalín de ojos grandes se presenta difuso, pero tiene que ver con la televisión. Me observo a mí mismo espatarrado en el viejo sofá gris del salón un sábado a eso de las 11:02 (más o menos). En mi recuerdo estoy a punto de salir a la calle para acompañar a mi padre a echar la Quiniela al Bar París, pero la redifusión del concurso “Un, Dos, Tres” me sujeta a la pantalla de tubo, y dudo entre seguir viendo a Mayra o el Phoskito de rigor (sin que enterase mi madre, claro). 

Incidir en los logros de Chicho Ibáñez Serrador sería absurdo. Su mayor triunfo, para mí, no radica en los premios. No hay mayor mérito que haber condicionado la vida de una generación atraída por el color, evasión y posibilidades creativas que representa la televisión (tele para los amigos).

Vivimos en tiempos extraños en los que importa más la forma que el contenido, véase esos cruasanes humanos que matan por un “like” en Instagram o buscan la fama hueca, sin sustancia, sin contenido, sin… nada. De Chicho aprendí que el reclamo es importante, pero que se puede dar al público lo que quiere sin perder la elegancia.

Son tiempos de crispación, demagogia y odio. Por eso nos resulta tan duro despedir a personas que han dedicado sus vidas a inventar emociones. Personas como Ibáñez Serrador. DEP.