El Black Friday y las panaderías del futuro

En mi casa comprábamos el pan en la tiendina de Josefina, que fue la panadera del barrio mucho antes de la era del Black Friday. Recuerdo que la barra de pan casero iba acompañada de una anécdota personal, un comentario sobre el tiempo o una deliciosa generalidad recién salida del horno. En su momento me parecían interacciones superfluas dado mi pasotismo adolescente, pero confieso que ahora echo de menos los “vaya alto que estás” (es que ya tengo 22 años, no te jode).

Las panaderías de nuestras “Josefinas” han dado paso a descomunales negocios en los que el socio capitalista no es una amable señora cotizante, es un señor indeterminado que no ha visto un trozo de levadura ni a 40 metros de distancia. Dicho caballero, incapaz de ubicar tu calle sin el GPS de su Audi, está más pendiente del Black Friday y de los dividendos que otorga el pan congelado que de preguntar a Maruja por las notas de su nieta.

Las pequeñas tiendas agonizan al son de acordes de piano aporreados por los Christian Grey de la vida real, esos que se excitan con las fantasías eróticas que marca el obsceno Ibex 35. Los panaderos del futuro ofrecen su pan congelado como casero, su ideología elitista como “clase media” y esto del Black Friday como una enorme oportunidad para el consumidor. Pan, circo y sexo.

La crisis del pequeño comercio representa una dominación capitalista en toda regla, un coito furtivo que los políticos han asumido como voyeurs de la inercia y el cortoplacismo. Dicho de otro modo: las grandes superficies se han follado a las pequeñas tiendas. El dinero la suele poner tan dura como una baguette congelada, caiga quien caiga. Podría ser más gráfico, pero mejor me callo. Es la hora del bocadillo.