Michael Jackson y “Leaving Neverland”: ni blanco ni negro

En los 80 Michael Jackson no era ni blanco ni negro, era como el Opel Kadett de mi vecino, gris metalizado. Los colores lucen opacos en el Pantone de la dermatología y sus diagnósticos (Michael padecía un problema de la piel llamado vitíligo), pero no en la vida, donde los extremos se encuentran en la paleta (y paleto) de lo primario.

Michael Jackson fue juzgado por un tribunal en 2005 por presuntos abusos sexuales a menores. Veredicto: inocente. Casi 15 años después, en 2019, aparece un documental titulado “Leaving Neverland” en el que dos hombres contraatacan con turbias y repugnantes historias de alcoba que retratan las perversiones de un supuesto enfermo mental que, recordemos, lleva una década más tieso que la mojama. Veredicto: culpable. ¿Alguien se ha parado a analizar los intereses económicos escondidos detrás de la “verdad absoluta” de sendas “víctimas”? No hace falta. Todo el mundo es culpable hasta que se demuestra lo contrario, sobre todo si se trata del Rey del Pop. Un multimillonario de 30 años que se disfraza de Napoleón, vive con un mono, duerme con niños y se opera la nariz cada seis meses resulta un blanco, nunca mejor dicho, demasiado fácil.

Admito que “Leaving Neverland” me hizo plantearme cosas. El problema es que cuando indagué en las contradictorias motivaciones de los “inocentes” entrevistados y sus “ejemplares” padres, la cronología de los presuntos abusos y demás detalles incongruentes (impagable que guardes como “recuerdo” los regalos de tu presunto violador) dudé aún más. Por eso no me atrevería a decir que Michael Jackson era un santo varón, pero tampoco aseveraría con total rotundidad, como están haciendo muchos, que era un monstruo. Lo que no consiguió probar la justicia en vida no lo consigue evidenciar un tendencioso vídeo en la muerte. Yo me quedo con tres décadas de canciones legendarias, videoclips irrepetibles y coreografías mágicas, no con cuatro horas de pura carroña.

Para gustos, colores.