Pedro Sánchez y el francotirador

Un francotirador pretendía matar al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Es la noticia más destacada de la semana. “El presunto francotirador es un pobre hombre que no está en sus cabales”, dijeron algunos periodistas tratando de banalizar semejante barbaridad. Si es así, me quedo mucho más tranquilo. De hecho, que en España haya locos de ultraderecha armados hasta los dientes y dispuestos a pegar tiros en nombre de Franco me deja flotando en una nube de rancio sosiego.

La intención de asesinar a Pedro Sánchez respondía a una romántica demostración de amorcito del bueno. El “heroico” franco-tirador “mucho” español buscaba impresionar a una dirigente de Vox haciendo gala de “patriotismo” a lo escena de Tarantino. “Me acabo de cargar al presidente de mi país por haber profanado los restos del generalísimo” es una frase con la que siempre quedas bien en la primera cita. Os la recomiendo, solterones de Tinder.

Este aprendiz de casposo G.I. Joe contaba con más explosivos que el set de rodaje de Rambo III. Sin embargo, no era un tío activo en Twitter ni se le daban bien los dobles sentidos. Oye, una cosa es intentar matar a Pedro Sánchez y otra muy distinta es el terrorismo. ¿Solución? Dejemos al hombre tranquilico con sus cuatro cosillas de bricolaje y que no escuche a Federico, Inda y Marhuenda durante un par de meses. Volverá a ser un ciudadano como dios manda y se le quitará esa tonta manía de querer matar a presidentes.

Moraleja: el odio engendra odio, provenga de un lado u otro. Ante el odio podemos aportar tolerancia o convertirnos en francotiradores. Para ser francotirador no hace falta comprar una metralleta. Simplemente basta con ajustar el visor de una poderosa arma, la palabra, a través de un altavoz. Otros, con poco que perder dadas sus vidas y cabezas vacías, se encargarán de apretar el gatillo.