Queen, “Bohemian Rhapsody” y las modas eternas

Freddie Mercury y Queen se han puesto de moda… Perdón, son TT. Y todo gracias a una película. Algunos celebramos este remanso de cordura musical en los tiempos de “me cagué en el party”. Otros puristas se están cagando, pero en todo. Consideran que la sublimación espiritual de los solos de guitarra del mago del pelazo Brian May, el Juan Tamariz de la púa, ha sido mancillada. Yo digo una cosa: si la cinta Bohemian Rhapsody está sirviendo para dar a conocer las canciones de Queen a nuevas generaciones, pido encarecidamente que la estrenen varias veces al año.

Vaya por delante que respeto todos los gustos. Los gustos son… gustos (toma paradoja). No entiendo a esos perdonavidas de videoclip que viven por y para Maluma, pero tampoco a los que pasean en una bici oxidada que ni la de Piraña mirándote con desdén por encima del hombro. “Lo que escucho en mi iMac de 3.126 euros + IVA no es el motor de una retroexcavadora, es vanguardia. Tú eres lerdo y no lo entiendes”. “Po fale”, que respondería Makinavaja.

La imagen se repite en mi cabeza estos días de Queenmanía. Con ocho años me ponía un absurdo bigote de cinta aislante negra y correteaba por el pasillo tarareando el estribillo I want it all (“aiguairorl” en mi perfecto inglés del colegio de Pando). Freddie Mercury era poco menos que un superhéroe. Flipaba con su capacidad para encandilar al público con un par de contoneos de cadera y un “eeeooo”. Por eso mismo su muerte me impactó sobremanera. Aprendí que la vida, aquello que me esperaba a la vuelta de la esquina, no era un tebeo de Superman en el que los buenos siempre ganaban.

Doy las gracias a mis hermanos mayores por criarme entre vinilos de Queen. También a películas como Bohemian Rhapsody, que está ejerciendo una saludable influencia de hermano mayor a curiosos veinteañeros. Chavales, existe vida más allá de Shakira y “el anillo pa’ cuando”. ¡Bienvenidos!